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"Tampoco te dio por el culo" escuchó que preguntaba Víctor "Ese marido
tuyo te tenía muy descuidada" se inclinó entonces para agarrarle las
nalgas, abriéndolas para su amigo. José colocó su instrumento en la
abertura y empujó. Todavía húmedo de los jugos vaginales se deslizó con
cierta facilidad y ella sintió que le faltaba el aire, otro empujón lo
profundizó más y ella temió que fuera demasiado grande. "Afloja los
músculos" Aconsejó Víctor, con un esfuerzo conciente ella se relajó,
rindiéndose a la invasión de José. Él empujó aún más enterrando el largo
total en el oscuro pasaje, hasta que ella lo sintió profundamente
clavado en su vientre. Las manos de José descansaban sobre las nalgas de
Carrie, sujetándola y empezó a mecerla de adelante hacia atrás en vaivén
hasta que ella se acostumbró a la sensación. No era aborrecible ni
dolorosa, Carrie la encontraba placenteramente obscena. Nuevamente pensó
en su marido y se anidó hacia atrás sobre José estimulando la
penetración.
Víctor todavía de espaldas se deslizó hacia abajo para quedar entre
las piernas de ella quién descansó sus muslos sobre las caderas de él,
quién así acostado la punta de su órgano picaba la barriga de Carrie,
ella sujetó el miembro y lo guió a la entrada de su vulva, recargándose
para hundírselo, no descansó hasta que estuvo recargada su pelvis sobre
la de él.
El grueso tronco de Víctor se sentía repleto dentro de ella, mientras
que el de José se movía dentro su culo. Las vergas empezaron entonces un
duelo dentro de ambos agujeros creando sensaciones que un hombre jamás
podrá él sólo. Carrie sabía que no tardarían mucho en culminar. Cada
empujón de José en su trasero aplastaba su tierno clítoris contra el
vello púbico de Víctor. Los hombres estaban cerca también, el cuerpo de
ella temblaba con la fuerza de sus empujones. Con un extraño gruñido
José sujetó las caderas de Carrie y condujo su estaca hasta lo más
profundo, el orgasmo de ella acababa de empezar y se aferró en éxtasis a
las dos vergas, dos poderosos empujones más y José empezó a descargar su
simiente dentro de ella, las manos de Víctor sujetaron la parte de atrás
de los suaves muslos acercando la ondulante pelvis de ella a la de él,
levantándola de la manta con sus fuertes empujones, mientras su cuerpo
empezaba a disparar su esencia en el cuello de útero.
Carrie se sentía delirante. Yacía con sus pantaletas presionadas
entre sus piernas goteando los fluidos de los tres. Su mejilla estaba
apoyada en el muslo de Víctor y miraba su instrumento aflojarse y
retroceder. Aún brillaba, matizado de su propio semen y de los jugos de
ella, quién podía distinguir el olor de los mismos sobre el aparato.
Ella estaba fascinada con su cabeza aterciopelada y lacia con la
arrugada piel de los remanentes del prepucio. Sintió una curiosa
sensación al pensar lo que le habrá dolido cuando se lo quitaron, ella
plantó un reconfortante beso en el sitio y otro en la punta. Metió su
lengua en la pequeña y húmeda abertura y lamió alrededor de la cabeza.
Paladeó sus propios jugos y reconoció el salado sabor del semen de
Víctor, como una gata acicalando a su gatito lo lamió hasta dejarlo
limpio.
El morbo de saber que ella era casada excitaba a Víctor. Lo hacía
ponerse muy duro cuando él recordaba cómo la llevaban cuando llegó. Él
deseaba que su esposo hubiera podido oír los gemidos de ella y cómo se
había dado placer a sí misma con su verga y la de José. Le hubiera
gustado abrirle las piernas para mostrarle la humedad con que les dio la
bienvenida, que él viera cómo sus caderas se sacudían agradecidas. Las
largas noches de invierno en los meses por venir oirían sus gemidos con
mucha frecuencia. Su marido no debía preocuparse de ella no recibiera
suficiente verga. José y él se ocuparían de eso.
Más tarde dejarían la cueva de nieve y se irían a la cabaña. Ninguna
partida de rescate podría organizarse antes de que se calmara la
tormenta. Con la nieve barriendo los caminos no habría ninguna huella
que seguir, ninguna señal de que ellos estuvieran vivos o muertos. Se
asumiría que estarían enterrados en la nieve o que los lobos los
hubieran agarrado.
Hacia mediodía iniciaron su trayecto. El viento ya había disminuido
pero era lo suficientemente fuerte aún para borrar sus huellas. Carrie
se sentía a gusto caminando entre ellos, las amplias espaldas de Víctor
la cubrían del viento y las manos de José la ayudaban frecuentemente a
evitar que se cayera, a ella le agradaba que siempre la sujetaba por el
culo. A la luz del día los restos de la tormenta no parecían tan
amenazadores. Aún el frío intenso era más manejable, especialmente
cuando recordaba la noche pasada y sus mejillas se llenaban de rubor.
Ella se alegró cuando los dos hombres no vieron la señal del camino al
pueblo y tomaron otra dirección. Con suerte tendrían que pasar otra
noche en otra cueva de nieve.... |