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José roncaba sobre su espalda y Carrie adormilaba intermitentemente, a su lado Víctor mantenía una vigilia silenciosa. Él esperaba pacientemente hasta que la profunda negrura de la cueva fuera diluida por la tenue luz del amanecer fuera filtrada a través de la nieve. Mientras ellos dormían, su mano no se separó ni un instante de la tersa piel de Carrie. Sus dedos constantemente circulaban, patrullando el tirante vientre, las doradas manzanas que subían y bajaban al compás de su respiración. Cada vez que su tacto encontraba la humedecida rendija entre sus piernas, ella abría los ojos levemente, sonreía y volvía a caer en profundo sueño.

Víctor presionó su enorme dedo entre los afelpados labios vaginales intranquilizando la pequeña protuberancia entre ellos. Ella volteó la cara hacia él y abrió aún más los muslos, la humedad se presentó inmediatamente, así como el movimiento de sus caderas. Víctor jaló la manta sobre su cabeza y se amamantó del pecho de Carrie. José para no ser olvidado, jaló suavemente el otro lado de la manta. Ya había suficiente luz para ver sus maravillosos senos y notar el suave rosa de sus estirados pezones.

Carrie apenas respiró cuando la barba de Víctor rascó su vientre. El sólo pensamiento de lo que estaba ocurriendo la tenía excitada. Ella estaba recostada de espaldas en la almohada del hombro de José y sostenía la manta en lo alto para que los dos hombres pudieran recrearse la vista con sus voluptuosas formas. Sus piernas estaban abiertas ampliamente y los rizos rojos de su pubis brillaban como pequeñas lenguas de fuego. La suave piel de sus muslos era cepillada por los tiesos vellos de la barba de Víctor, los dedos de él sostenían los labios vaginales, mientras su lengua y sus labios daban homenaje al delicado interior rosa. Ella se oyó a sí misma confesarle a José que nunca había estado alguien entre sus piernas así, ella pensaba que sólo una cualquiera permitiría tal cosa. Ella observó cómo su pubis subía y bajaba en baile carnal con la boca de Víctor. "Soy una cualquiera", pensaba "Y voy a morir en esta helada caverna y estoy alegre"

Había reto y desesperación en la forma como ella movía el vientre. Palabras que nunca saldrían de una devota cristiana eran proferidas fácilmente por sus labios. Ella quería venirse, quería que Víctor y José vieran lo puta que era, que la usaran como quisieran. Ella observó cómo la lengua de Víctor se sacudía en su clítoris y la cueva nuevamente retumbó con sus gritos de placer.

Víctor se arrodilló encima de ella, su barba húmeda de jugos vaginales. Como plumas en el hocico de un zorro, algunos rizos rojos colgaban de su barbilla. "¿Le gustó señora?" Preguntó amablemente. Él se movió un poco más arriba hasta que las rodillas de él sujetaban las costillas de ella. "¿Cree que se sorprendería su marido?" Le sonrió "¿Se viene usted así con él también?"

Ella pensó en su marido con un poco de remordimiento y resentimiento. Él nunca entendería su depravación en la cueva de nieve. Ella nunca se había comportado así con él. Ella no recordaba cuándo fue la última vez que él la hizo venirse. Ni siquiera sus propios dedos la habían provocado tal erupción tan deliciosa.

Mientras Víctor se colocaba arriba de ella, Carrie supo que era lo que él esperaba. Él la vio mirándole la verga y riendo entre dientes le dijo: "¿La tiene tu marido tan grande?" Luego agarrándose el miembro y apuntando a la boquita de ella preguntó: "¿Se la mamas a tu marido, señora?"

Ella en lugar de contestar se incorporó levemente y besó la sedosa bellota, su tibieza la sorprendió, tomó la estaca de las manos de él y con los delicados dedos de ella la sujetó, con su otra mano le agarró los huevos y los acunó en la palma. Ella nunca había hecho esto, pero sabía cómo se hacía. Una noche su marido borracho como una cuba, la había llevado a un cuarto donde la obligó a sentarse, mientras una puta lo tomaba por la boca. Ahora Víctor y José estaban mirando y ella era la puta. La impresionante sensación que esos pensamientos enviaron a través de ella estaban lejos de ser desagradables. La hacían temblar de lo inmorales que eran.

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