Esa mañana, el día se alzó.
Quiero decir: en verdad se alzó pues al parecer antes había
estado sentado. Y les aseguro que eso causa una curiosa
impresión, un día que está de pie.
EL
DIA QUE LE GUSTE A LAS CHICAS
Mi vida era un infierno que
no habría deseado ni a mi peor enemigo. No había dormido en seis
meses, mi estómago ardía pese a niágaras de Melox, mi mujer se
había ido con una estrella de la farándula, hijos no tenía; en
fin, vivía en París en 1994. Sin embargo, esa mañana, en lugar
de gimotear, yo también tenía ganas de estar de pie. Como el
día.
En serio, algo había en el aire. Lo
percibí al momento de salir de casa. Una chica me sonrió en la
calle, luego su amiga: en el nivel «sonrisas de chicas
desconocidas en la calle» acababa de romper mi media semanal en
diez minutos. Me dije que había que aprovechar.
No fue difícil acercarse a la dos chicas.
Como en todos estos casos, había una bonita y una fea –y eso
significaba pagar dos cafés, (tres contando el mío.)
Les propuse:
«¿Nos sentamos a una terraza?
–¿Para qué?, me respondieron en coro. Si
quieres hacer el amor con nosotras, encantadas. No es necesario
que pagues dos cafés (tres contando el tuyo.)»
La bonita me besó en la boca removiendo
con lascivia su lengua. La fea puso su mano en mis testículos
con una cierta delicadeza. La bonita deslizó la suya bajo mi
camisa para acariciar mi torso lampiño. La fea me hizo
estremecer. La bonita me jaló el cabello. La fea besuqueó a la
bonita. La fea era más bonita que la bonita.
Y todo esto pasaba en plena calle, frente
a peatones indiferentes. Les digo que esa mañana no era del todo
normal.
Fuimos a una banca, y mientras que yo
lamía la oreja de la bonita, la fea se instalaba a horcajadas
sobre mí. En ausencia de calzón, tenía un interior muy cómodo.
Luego de algunas sacudidas, gozamos todos al unísono.
Supongo que habíamos gritado muy fuerte
pues cuando volví a abrir los ojos había una aglomeración en
torno a la banca. Algunos mirones incluso habían arrojado
monedas. No bien las juntaron, las chicas se fueron.
Cerré los botones de mi 501 blanco. Nunca
me había pasado algo parecido. Había visto suicidas, gente con
sobredosis, adúlteros. Había participado en emisiones de
televisión. Incluso me había ocurrido vestirme de mujer. Pero
jamás, nunca de los nuncas, lo había hecho con desconocidas y
sin preservativo. Mi existencia proseguía su curso infernal sin
rumbo fijo.
Continué deambulando por el bulevar. La
gente silbaba, reía, algunos casi se hablaban. La ciudad estaba
llena de gentileza, como si Dios hubiera bruscamente doblado la
taza de oxígeno en la atmósfera. Entré en un bistrot y Aurore me
hizo una seña. Aurore, es la chica del bar. Siempre usa bodies
ajustados que dejan desnudos sus hombros. Con un espléndido 92
de pecho. ¡Ah!, me gustaba, claro.
«No vas a creer lo que me acaba de pasar,
le dije. Acabo de echarme a dos chiquillas en una banca.»
Me miró a los ojos.
«Mira. No eres la gran cosa pero tienes tu
encanto. Hace tiempo que me había fijado en ti. ¿Y si vamos a
solucionar esto al baño?
–¿Qué? ¿Al baño? ¿Ahora?
Aurore no bromeaba y no veo por qué yo
habría dicho no. Después de todo, si alguien había decretado que
yo coleccionaría orgasmos ese día, no habría por qué sublevarse.
La seguí por la escalera de caracol, hacia donde ella me inundó
de su luminosidad ambarina.
En el baño, había dos tipos orinando.
Cuando nos vieron entrar he aquí lo que vieron: la mano de
Aurore en mi bragueta abierta, mi pajarito bien duro, su playera
enrollada sobre sus senos, la vida que explotaba en nuestros
rostros ardientes. Eso los excitó. A tal punto que se nos
unieron, con sus sexos ya de fuera. Aurore los acogió en sus
manos, su sexo, su boca, sus nalgas. Todo mundo se dio gusto. La
eyaculación fue copiosa y ella tragó buena parte. Personalmente,
liberé millones de espermatozoides en ella, con vileza.
Cada vez entendía menos lo que pasaba.
¿Acaso la sociedad moderna se había convertido en una película
porno a gran escala? ¿O bien simplemente me había vuelto
hermoso?
Pues sí, yo gustaba, era un hecho –un
hecho inédito. No tiendo a generalizar de manera prematura, pero
entonces, debía admitir que mi juventud despreocupada, mi camisa
limpia y mi actitud responsable me habían transformado en una
aplanadora sexual. ¡Tres chicas en una mañana! ¿Qué buena obra
había hecho para merecer tal recompensa?
Más tarde –el día brillaba con todas sus
luces– tomé el autobús. Hice el amor con Josephine, Murielle,
Antoinette, Pascaline, Anne-Christine y Naomi entre las
estaciones Bac–Saint-Germain y Trocadéro. Hasta un perro llamado
Marcel se frotó contra la parte baja de mi pantalón.
Mi encanto no lo explicaba todo. Tenía que
haber otra cosa. No lo digo por humildad sino por lucidez.
De pronto, mi mirada se prendió de un
quiosco de periódicos. Ah, entonces era eso. La primera plana
del Le Figaro anunciaba: «SIDA: ¡SE HA DESCUBIERTO LA VACUNA!»
Liberation titulaba: «SÍNDROME INMUNO–MUY–MUY DEFICIENTE.» Por
desgracia el autobús iba demasiado rápido para poder leer el
encabezado de Le Monde.
Ya decía yo que algo
había. Uno siempre debería escuchar la radio cuando se levanta.
Estaba muy molesto pero qué importaba, ¿acaso el mundo se había
salvado?